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lunes, 12 de febrero de 2018

De vuelta al gym

Roger Huerta (Vuser)
Lo peor de dejar de entrenar es intentar volver a la rutina de hacer ejercicio. Habían pasado tres semanas desde la última vez que había ido a entrenar al gimnasio. Tres semanas desde que me habían hecho una semi vasectomía. Mis partes nobles ya estaban recuperadas al cien por ciento, pero tengo que admitir que sí me preocupé al siguiente día de la lucha en la que Teo, uno de los luchadores más fuertes y más sucios que entrenaban en mi gimnasio, junto con su amigo Conan, nos habían vencido de la manera más humillante en una lucha de parejas. Mis testículos habían sido sus víctimas favoritas. Dos rodillazos, patadas, incontables golpes y varios apretones me habían dejado con los huevos hinchados y caminando con las piernas abiertas más de dos días. 

Por fortuna todo estaba bien, al parecer. Apenas pude, me masturbé para asegurarme que funcionara todo. El siguiente sábado no perdí oportunidad de invitar a mi amiga Amanda, sabiendo que no dejaba pasar una sola verga que estuviera dispuesta a atravesarla. El resultado: algo incomodo al principio, algo sensible, pero todo se desempeñó a la perfección. Al parecer Teo no mentía cuando me dijo que no me iba a lastimar. Mi paquete había superado una dura prueba. 

Entonces después de descansar de todos los otros golpes que recibí, volví a entrenar ese lunes. Aleks, mi coach, me saludó con un abrazo. "Vaya, volvió el hijo pródigo," me dijo cuando entré. Ya sabía lo que me había pasado, porque después de una semana sin acercarme al gimnasio, me mandó un mensaje de texto para asegurarse de que yo estaba bien. 

"Ahora sí, vengo a recuperar la fuerza perdida," le dije. 

"¿O sea los huevos que te faltan?" dijo burlándose. Mi manera de voltear a verlo fue lo único que necesitó para entender el '¡cállate, pendejo!' que le quería decir. 

"Bueno por lo menos sigues igual de chistoso, hijo de tu puta madre, a ver si no se me escapa sin querer una ligera patada, la próxima vez que entrenemos," le dije jugando, y él rió. 

Luke Rockhold (Aleks)
"¿Qué te parece si te enseño algo que te ayude a soportar una lucha como la que tuviste?" me preguntó seriamente. La manera en que lo dijo me llenó de curiosidad. 

"¿A qué te refieres con eso?" pregunté. 

"Pues mira, hace como 15 años, un coach mío, brasileño, me entrenó con unas técnicas diferentes, para ayudarme a ser más elástico, más fuerte y a soportar más el dolor," me contó. "Si quieres te puedo entrenar con esas técnicas, creo que te puede ayudar, y con lo que te hicieron la lucha pasada, creo que te conviene."

"Ok," dije más como pregunta que como afirmación. "¿Y de qué va ese entrenamiento? No me vas a poner a encerar tu carro, ¿verdad?"

"No seas pendejo. Voy a requerir que te prepares, y necesito enseñarte esto un día que no haya nadie," me dijo. Y yo no pude evitar burlarme. 

"Creo que mejor voy a contárselo a quien más confianza le tenga, y ojo, mucho ojo eh, pip, pip, pip, pip," le contesté, burlándome de la parecida situación que salía en los anuncios de Cuidate a Ti Mismo, de los años 90's. 

"Ahora el que te va a deshuevar por chistosito soy yo," me contestó. "Te voy a poner ejercicios de elasticidad toda la semana, para que te prepares, y el sábado que no haya nadie te veo aquí. Ese día necesito tener disponible buena parte del equipo, y espacio también. No conviene que haya gente. Pero aparte necesito que tus músculos se aclimaten. Entonces, órale, ponte a jalar." Yo le hice caso y me puse a calentar. 

Justo como dijo Aleks, toda la semana estuve haciendo ejercicios de elasticidad y fuerza. Estuve colgándome de barras haciendo pull ups, crucé el gimnasio parado de manos como diez veces y el resto de los ejercicios fueron prácticamente clases de yoga. Al final de la semana sentía en mi cuerpo un placentero dolor de músculos que me recordaron todo los los ejercicios que practiqué. Quería ir a que me dieran un masaje para descargar los múculos, pero Aleks me lo prohibió, y me arrepentí de haberle hecho el comentario, si no le digo no se hubiera enterado, o eso creo. 

Llegó el sábado. Cuando entré al gimnasio no había llegado Aleks, pero noté que habían movido algunas cosas y había algo más que me parecía raro, pero no lograba identificar qué era. Después de algunos minutos se abrió la puerta y entró Aleks. Venia vestido con sus shorts de combate, lo que me desconcertó. 

"Qué ha habido, Vuser. Ponte a calentar," me dijo sin más. Me sorprendió lo seco del comentario, pero como fue una órden clara y él era mi coach, lo obedecí sin cuestionar. Es cierto que somos amigos y a veces se me olvida la verdadera relación por la que empezó esta amistad, pero no me molestaba nunca cuando dejaba claro que estaba en su rol de entrenador y no de camarada. Me puse a calentar. 

Había estado entrenando con mis shorts ajustados de lycra, y ese día no fue la excepción. Me quité la camisa y los tennis y comencé a estirarme. No pude evitar ver lo que hacía Aleks; se había acercado a los dos postes principales que soportaban las barras para hacer pull ups. Había  cuatro cuerdas colgando en los postes, una en la parte superior y una en la parte inferior de cada poste; eso era lo que me había parecido raro y que no había podido identificar. Aleks apareció de detrás de unas cajas con más cuerdas en sus manos. Ver esto me dio mala espina, pero confiaba en Aleks, en casi un año y medio de entrenar con él se había convertido en una de las personas en quien más confiaba. 

“¿Ya calentaste?” me preguntó otra vez de manera seca. 

“Si,” contesté.

“Calienta bien, este no va a ser un entrenamiento normal,” dijo Aleks mientras llevaba sus cuerdas a donde estaban las llantas de entrenamiento. 

Yo seguí calentando hasta que me sentí confiado de que ya estaba listo. “¿Ya?” le dije a Aleks, un poco desesperado. 

“Sí,” contestó, “ven acá. Este no es en sí un entrenamiento. Es más bien una terapia. Hoy vas a salir de aquí teniendo mucha más tolerancia al dolor y tus músculos van a ganar mucha resistencia en poco tiempo. Lo primero que voy a hacer es amarrarte a esta llanta.”

“¿Qué? ¿Estás jugando?” pregunté, y Aleks me contestó con una mirada que claramente decía ‘no’.

Me acerqué a él. Tenia la cuerda en su mano. Había hecho un arnés a base de nudos que dejaba cuatro extremidades que entendí eran para mis pies y manos. Le pregunté qué quería que hiciera y me dijo que me colocara con la espalda a la gigante llanta de tractor que usábamos para hacer ejercicios de fuerza. Me tomó de las manos y sentí que las amarró con las cuerdas, luego las levantó arriba de mi cabeza y me empujó para que mi espalda quedara pegada a la llanta. Después se colocó el otro lado y jaló las cuerdas, esto hizo que yo me recostara en la llanta a medida que esta giraba y me levantaba del suelo. Este movimiento y la posición en la que me dejaba era muy incómodos, pero no me quise quejar. Cuando estaba ya totalmente encima de la llanta mis pies colgaban en uno de los lados. Aleks pasó la cuerda por el hueco del rin y amarró mis pies con ella. Después ajustó los nudos del arnés para apretarla, cada vez más.

“¡Auch!” se me escapó cuando ya sentía dolor. 

“Abre la boca,” me ordenó Aleks, y metió un protector bucal cuando obedecí. “Muerde,” otra vez obedecí. Y justo después sentí que pegaba cinta adhesiva en mi boca de manera que no podía escupir el protector. Mis gemidos delataban mi inconformidad. 

“Cállate,” dijo Aleks. “No te voy a mentir, esto te va a doler, pero tienes que confiar en mí: te va a ayudar.”  Hizo girar un poco la llanta de manera que quedé viendo hacia el frente totalmente abierto de piernas y brazos, y no pude reaccionar cuando Aleks sacó un bastón largo, que parecía de bambú o de caña de azúcar, y me dio un fuerte golpe en el pecho. 

“¡¡¡¡MMMMMGGGHHHHHHH!!!!” fue lo único que pude emitir, cuando un segundo golpe me quemó el pecho de nuevo. Luego un tercer golpe me dio en el abdomen, y ese también se repitió. Cada golpe me hacía gemir de dolor. 

“Respira,” fue lo único que me dijo.

'Respira fundo', le dijo João a Aleks aquella vez. Fue la primera vez que lo sometió a esto, pero no sería la última. João le dijo que era la última parte de su entrenamiento de ocho meses. Durante esos meses lo había convertido en un luchador musculoso y atlético. El cambio había sido impresionante, y la última sesión era esta. Amarrado a una llanta, totalmente inmovilizado y con solo la ropa interior de entrenamiento que llevaba puesta. Cuando João comenzó a golpearlo, no sabía si era un castigo. Tenía solo 20 años y estaba confundido. Soportó el dolor lo mejor que pudo, quería impresionar a su entrenador. Cada golpe le dolía como nada que hubiera sentido antes, pero ahogó sus gritos. Incluso sin el bozal que tenia puesto no hubiera soltado ni un gemido... por lo menos hasta entonces. 

El bastón iba bajando poco a poco con cada golpe que recibía. Cuando recibí un golpe en el vientre, a milímetros de mis partes nobles me asusté. Supliqué a todos los dioses que no me fuera a golpear mi paquete. Empecé a decir que no violentamente, sin que la palabra pudiera salir de mi boca. Me puse muy nervioso. Viendo hacia abajo con mis ojos sentí el sudor en mi frente esperando inevitablemente sentir ese intensísimo dolor en mis genitales. Recibí otro golpe en el vientre, justo arriba de la base de mi verga, y Aleks paró. Yo respiré de alivio. No quería llorar enfrente de Aleks, pero sabía que si me golpeaba en los huevos sería inevitable. No estaba preparado para volver a ese tipo de tortura que me había dejado muy intranquilo. 

Aleks se acercó de frente a mí y examinó mi cara. Me vio de frente a los ojos como si me estuviera inspeccionando. Luego relajó las cejas e hizo una mueca que parecía una sonrisa, pero sin mostrar los dientes. No dijo nada, y yo no sabia si se reia de mí o aprobaba mi conducta. Se alejó un poco y ya no lo pude ver. No tuve que esperar mucho para volver a sentir el primer golpe en mi pecho. 

Aleks recordó cada golpe como cuando le hicieron esto a él. 'João no se detuvo ahi,' pensó Aleks. 'Él sí siguió bajando, solo unos pocos centímetros cada golpe'. Cuando sintió el agudo golpe del bastón en la base de la verga, Aleks quiso gritar y retorcerse de dolor. El segundo golpe, ya de lleno en su miembro, fue aun peor. El tercer golpe le dio en la punta de la verga y en los testículos por igual. Aleks empezó a llorar. Quería que João dejara de golpearlo de inmediato. Ya no quería saber nada de esa terapia. Sus gritos ahogados por el bozal se escuchaban fortísimo. Vio el bastón subir otra vez y quiso romper las cuerdas que lo sostenían. El último golpe lo recibieron los huevos solamente, y Aleks se desmayó. 

Repitió sobre mí la misma rutina de golpes tres veces más, desde la parte superior de mi pecho hasta el bajo vientre deteniéndose justo antes de llegar al que sería el castigo extremo. Yo me acostumbré al ardor de los golpes. La última vez que golpeó mi tronco yo no sentía dolor. Por fin dejó el bastón a un lado, y recogió un rodillo de plástico. Con él masajeó todos los músculos que acababa de golpear. Pasó el rodillo por todo mi tronco deteniéndose en mi cuello y donde empezaba mi bulto, haciendo una pequeña pausa ahí, y asegurándose que presionaba bien los músculos. Ese ritual también fue doloroso, sentía mis músculos muy sensibles. 

Cuando terminó desamarró mis pies y manos. Me quitó el protector bucal, se volteó y me dijo “descansa cinco minutos”. No sabía qué esperar después de los 5 minutos, pero no me atreví a preguntar. Pasé mis manos por mi pecho y abdomen. Se sentía diferente. Se sentía duro. Dolía, sí, pero no era un dolor insoportable. Algo había cambiado, como si me hubieran puesto un refuerzo entre mis músculos y mi piel. Veía las fibras marcarse en mi cuerpo; mis músculos estaban más fuertes, no cabía duda. 

'Descanse dez minutos, Aleks', le dijo João. Aleks no se levantó después de 10 minutos. 'Seus músculos ficam mais fortes, seus testículos mais resistentes. Agora, se você receber um soco no saco, não vai machucar tanto.'  Las explicaciones de João no le daba mucho consuelo. Aleks no podia pararse bien. Antes de que pudiera reaccionar, João lo tomó del brazo y lo llevó a donde estaban dos postes con cuerdas colgando de poleas. Lo tomó del brazo derecho y lo ató con el brazalete de cuero que tenia la cuerda en el extremo. 

“Ven acá,” me dijo, y supuse que los 5 minutos se habían terminado. Me llevó a los postes de donde se anclaban las barras de ejercicios gimnásticos, vi de nuevo las cuatro cuerdas sujetas a los postes. Noté algo que no había visto antes, en los extremos de las cuerdas había muñequeras de cuero ajustables con hebillas. Sentí un escalofrío. 

Aleks me tomó del brazo, agarró una muñequera y la ajustó en mi mano izquierda. Luego hizo lo mismo con la derecha y luego con cada talón. Se alejó y tomó dos de los extremos de las cuerdas, los que se ajustaban a mis manos. Los estiró, fuerte, y quedé colgado en posición de Cristo. Aseguró las dos cuerdas en un peso muerto enfrente de mí y siguió con las cuerdas de los pies. Esto no me gustaba nada. Estiró las cuerdas hasta que estuvo completamente abierto de brazos y piernas. Cuando las cuatro cuerdas estuvieron amarradas al peso muerto yo estaba en el aire, estirado de mis cuatro extremidades con un dolor casi insoportable. 

Estaba amarrado tal cual como Jean Claude Van Damme en Blood Sport. Comenzó a golpear mis brazos, así como había hecho antes. Parte por parte golpeó desde mi antebrazo hasta mi hombro, de cada lado. Los golpes eran igual de fuertes que los que había recibido en mi tronco. Lo que más me dolió fue cuando golpeó el tendón distal del bicep. Fue un dolor muy agudo que pensé que me iba a reventar la fibra. Por fin terminó de golpear mis dos brazos y continuó con mis piernas. Comenzó por los talones, y de nuevo avanzó hacia mi cuerpo, algunos centímetros a la vez. Luego golpeó mis chamorros y siguió hasta mis ingles, evitando mis huevos por milímetros. Cuando golpeaba mi otra pierna, uno de esos peligrosos golpes cercanos a mis partes nobles alcanzó a rozar mi bulto. El protector bucal amortiguó mi grito. No me dolió mucho, pero solo el recuerdo de esa humillación, y el hecho de estar amarrado de piernas abiertas, vulnerable a lo que Aleks quisiera hacer conmigo, hacía qué mis testículos intentarán esconderse dentro de mi cuerpo. 

Aleks estaba totalmente estirado con las piernas en un split perfecto. Su bulto sobresalía hacia abajo justo a la mitad de su cuerpo. El primer golpe que recibió fue en una mejilla, y le dejó una marca color rojo intenso. Después siguieron sus piernas. João comenzó con su pierna izquierda, y lentamente le fue dando golpes avanzando hacia los muslos. Aleks trató de no pensar en el momento que el bastón llegaría a la mitad del trayecto. Pero al llegar a su ingle João se detuvo y cambió de pierna, empezando otra vez por el talón, siguiendo con el chamorro derecho. De nuevo llegó a su ingle y se detuvo. Aleks esperaba el golpe certero a sus testículos, pero esto no sucedió. Continuó con los brazos y Aleks se tranquilizó. Pero después de que sus brazos fueran azotados por completo, João se acercó y se puso justo frente a él. Aleks sintió que lo agarraba de su paquete, y luego sintió que algo le aplicaba presión alrededor de su bulto sobre la ropa interior que tenía puesta. João le había puesto una mordaza hecha con dos piezas delgadas de bambú unidos con ligas. Su verga y sus testículos estaban atrapados y debido a los golpes anteriores, solo tener la mordaza puesta le causaba un fuerte dolor. João se alejó un poco, tomó el bastón de bambú y le dio un fuerte golpe en su ya sensible bulto. Aleks trató de gritar, aventó su cabeza para atrás, los ojos rodaron hacia atrás de sus párpados, y volvió a perder el conocimiento.

Aleks se dió cuenta que había estado a punto de golpearme en mis genitales, y fue más cuidadoso después de eso. Golpeó cada centímetro cuadrado de mis músculos sin tocar mis huevos. Brazos, piernas y espalda terminaron machacados por su bastón, y después masajeados por su rodillo. Cuando terminó de golpear mi cuerpo por cuarta vez, soltó las cuerdas. Mis músculos se relajaron. Caí al suelo lentamente mientras Aleks soltaba las cuerdas poco a poco. Mientras me liberaba de la tensión sentí el cambio inmediatamente. Mis brazos y mis piernas se sentían fuertes y flexibles, más que antes, mucho más. Encogí mis brazos y toqué con cada una de mis manos el hombro contrario. Encogí mis piernas también y abracé mis rodillas. Todo mi cuerpo estaba adolorido, pero sentía como si hubiera aumentado su tamaño. 

"Ponte a estirar, y te voy a dar una crema para que te la pongas llegando a tu casa," dijo Aleks mientras se alejaba a su locker. 

Me puse a estirar y sentí mis músculos arder. Cada ejercicio de estiramiento que hacía me indicaba que tenia un músculo que no conocía, y que sentía dolor. Sin embargo también sentía la nueva fuerza que habían ganado. Se sentían duros, como si tuvieran una costra que se hubiera solidificado. No podía esperar a luchar de nuevo para probar mi nueva fuerza. 

Aleks regresó con la pomada que había mencionado antes. Estiró su brazo y me la dio. “Te vas a poner una capa delgada de esto en todo tu cuerpo,” me dijo, “y te vas a bañar con agua fría. ¿Cómo te sientes?”

“Pues me duele todo el cuerpo, pero siento los músculos muy fuertes. Sí funciona esto, eh. Estoy sorprendido.”

“Claro que funciona, por eso lo hice. Y no te duele todo el cuerpo, casi todo, pero no todo. Te evité un dolor muy grande, y creo que ya sabes a qué me refiero.”

“Sí, ya sé. Y estoy muy agradecido. No hubiera soportado otra tortura como la de hace tres semanas.”

“Justo por eso te lo evité. Creo que ya soportaste lo que tenías que soportar ahí abajo. Porque aunque los testículos no son músculos, sentir el dolor te ayuda a soportarlo en el futuro.”

No pude evitar preguntarle, “Aleks, ¿quién te enseñó esto?”

Aleks me miró un momento, como si estuviera pensando en lo que me iba a decir, y luego me habló: "Mi entrenador me hizo esto también," y comenzó a contarme lo que había pasado...

Aleks tenía 19 años cuando su coach, João, lo descubrió en una clínica de tae kwon do. Le vio potencial como luchador y lo invitó a entrenar con él. Aleks siendo un niño casi de la  calle no tuvo que pedir permiso. Sus padres no se ocupaban de él, vivía con su abuela, que trabajó para mantenerlo. Aleks ahora trataba de mantenerla a ella, pero su trabajo no le daba suficiente dinero, por lo que entrenaba para ganar una beca. 

João le propuso entrenarlo sin cobrarle, y a cambio, Aleks se comprometía a combatir en torneos de mma, y le pagaría con el 40% de lo que Aleks ganara. Teniendo pocas opciones para generar dinero, Aleks accedió. 

João le dio un programa de trabajo. Le puso rutinas de fortalecimiento, y lo entrenó en artes marciales. Trabajó su musculatura y su condición física. En menos de 9 meses Aleks ya era otro completamente. Pero João no tenía planes de detenerse ahí. Necesitaba que Aleks ganara los torneos para que rindiera frutos su inversión. Fue entonces cuando comenzó con la terapia de endurecimiento de músculos. 

Aleks después de su primer terapia
Aleks despertó cuando João estaba usando el rodillo de plástico en su espalda. El dolor era apenas soportable. Cuando recordó lo que le estaba haciendo se enfocó en la sensación de su entrepierna. La mordaza seguía alrededor de su hombría. Podía sentir la presión en su bulto. João no había sentido nada de compasión. 

Siguió sintiendo el rodillo machacar sus músculos. Sus piernas. Cuando llegó a su paquete, no se detuvo. Presionó el rodillo en sus huevos. Aleks comenzó a gritar, pero tenía puesto el bozal que le impedía liberar el llanto. Su cara estaba totalmente roja, sus ojos cerrados con fuerza. João volvió a pasar el rodillo por sus genitales una vez más, y otra vez y otra vez. Aleks no se desmayó, pero el dolor se volvió insoportable.

“Mi coach no me ahorró el dolor en los testículos,” me dijo Aleks. “Quería que fuera capaz de soportar todo en una lucha, incluso los golpes bajos. Esto que te hice me lo hizo él a mí durante cinco años. Cada cuatro meses me azotaba los músculos y los huevos.”

“¿Qué dices? ¿Cómo soportaste?” le pregunté muy sorprendido. Por un momento sentí mucha lástima por mi coach.

“Cada vez dolía menos. Mis músculos se hacían más fuertes, y soportaba más la tortura. Al final del quinto año me podías dar un martillazo en los huevos y yo te hubiera matado a golpes al siguiente segundo.” Yo no lo podía creer. No quería ni pensar que me hicieran eso a mí. 

Quería saber más sobre los métodos extremos de su entrenador, pero me intrigaba más la salud de Aleks. 

“Aleks, perdón por la pregunta, pero ¿no te causó algún daño grave? Digo, si te pegaba como me pegaste a mí, y si ya no sientes dolor, ¿no te preocupa que..?”

“Lo que te cuento pasó hace más de diez años, Vuser. Terminó hace más de diez años. La terapia necesitaba un poco más para hacerse irreversible. Afortunadamente pude escaparme de João. Si me pateas en los huevos hoy, me va a doler igual que a ti.”

“Ah,” fue lo único que pude contestar. No sabía qué decir. “Me da gusto,” dije sin detenerme a pensar que no era la mejor respuesta. 

“Hay muchas cosas que no sabes de mí, Vuser,” me dijo. “Ponte la crema. Descansa. El lunes nos vemos aquí. Hay más cosas que te voy a enseñar.”

Me dio la mano, y luego un abrazo. Sentí cada parte de sus brazos en mis hombros y mi espalda. Recogí mis cosas, y salí del gimnasio. 
Aleks ganando su primera pelea después de la terapia

João por fin soltó a Aleks. Se quedó tirado. Tenía lágrimas secándose en su rostro. El dolor no se mitigó hasta dos horas después. Aleks ni se dio cuenta cuando João salió. Lo dejó solo ese día, y cada día de la terapia. Aleks no perdió ningún torneo después de su tercera sesión. Ganaba fuerza, ganaba resistencia, y perdía dignidad. 

miércoles, 24 de enero de 2018

Mi primera lucha en un ring


Había estado entrenando en ese gimnasio desde hacía dos meses. Ya conocía a una buena parte de la gente que iba ahí y todos los entrenadores me conocían a mí. Aleks fue quien me invitó a subirme al ring. Era el coach con el que mejor me llevaba y quien más me había ayudado a mejorar en los entrenamientos.
Me gustaba ir a ese gimnasio porque no solo te fortalecían los músculos sino que también te daban muchos ejercicios de cardio y gimnasia, entonces yo sentía que era un entrenamiento muy completo y lo más interesante es que eventualmente me enseñaron a luchar. En las primeras tres semanas sentí un gran cambio y mis músculos se hicieron más grandes pero también la elasticidad que tomé me ayudó mucho a hacer otros ejercicios que ni siquiera sabía que podía hacer. Por eso cuando Aleks me sugirió aprender a luchar con otra persona no me tomó mucho tiempo interesarme.
Al principio empecé entrenando con Aleks, tres veces por semana. Lo único que hacíamos era movernos por el ring, sujetarnos, zafar amarres, y llevarnos al suelo. Luego comenzó a enseñarme llaves y movimientos. Y por último me enseñó algunos candados y cómo lanzarme de manera que se viera bien.
Ya había visto a algunos de los que entrenaban subirse al ring y luchar regularmente. Me había llamado la atención porque luchaban como en la lucha profesional pero sin los trajes llamativos de los personajes que salían en la televisión. De chico, siempre me había gustado la lucha libre, incluso cuando me di cuenta que era puro espectáculo y no se golpeaban de verdad.
Al pasar las semanas me fui dando cuenta quiénes eran los que más frecuentemente luchaban. Había uno en particular que le llamaban Teo. Era muy fuerte y normalmente luchaba con ropa ajustada. Me llamó la atención porque era el que golpeaba y castigaba más realmente a sus oponentes. Incluso en una lucha lo vi faulear a otro luchador, que se quedó tirado un rato. La única razón por la que no se terminó la lucha ahí fue porque el tal Teo no había aprovechado ese castigo para someterlo. Pero el faul había sido fuerte: había lanzado al adversario contra las cuerdas y este quedó viendo hacia afuera del ring con los brazos y la cabeza apoyada en la tercera cuerda, normalmente Teo habría jalado la cuerda fuertemente hacia a él para que el luchador saliera disparado hacia atrás, pero en vez de hacer eso, aprovechó que había quedado colgado de las cuerdas para levantarlo de los pies, de manera que quedaba en plancha boca abajo, y sosteniendo las piernas separadas, le metió una patada que lo golpeó justo en el paquete. Yo lo vi todo de frente, vi la cara del luchador transformarse en un gesto de dolor y su cuerpo se curveaba levantando el culo. El luchador cayó de rodillas cuando lo soltó Teo, para luego bajarse de la cuerda y tirarse al suelo cubriéndose los huevos.
Siguieron luchando apenas el pobre luchador se pudo levantar, después de 3 patadas en la espalda que le dio Teo, pero el contrincante ya no podía moverse naturalmente, seguía cubriéndose la entrepierna con una mano y caminando chistoso. La lucha no duró mucho más tiempo, y como era de esperar, ganó Teo. El musculoso y atlético luchador puso un pie sobre el pecho del oponente y levantó los dos brazos.
El Turco
El luchador al que faulearon era uno que le llamaban Turco. Tenía un poco de apariencia árabe. También era muy atlético pero no era tan grande en musculatura como Teo. Aleks nos sugirió a ambos luchar, y yo me sorprendí de que el Turco hubiera aceptado tan rápido y sin pensarlo. Aleks le pidió que tuviera consideración y midiera su fuerza, ya que era mi primer lucha.
"Es su lucha de bienvenida", dijo Aleks, "o de novatada." Sonrío extrañamente cuando dijo esa última frase. Pero al parecer era una broma interna, porque el Turco le sonrió de vuelta. Yo solo los vi a los dos y luego me preparé para entrar al ring.
Traía puestos unos shorts de combate, estilo MMA. El Turco traía puestos sus shorts ajustados que regularmente usaba. Entramos los dos al ring. Yo me puse a estirar y calentar un poco. El Turco empezó a dar vueltas trotando en el ring y a rebotando en las cuerdas recargándose con la espalda.
"Si es tu primera lucha, puedes tener dos tipos, la lucha de bienvenida o la lucha de novatada," me dijo el Turco mientras calentaba.
"¿Cuál es la diferencia?" le pregunté, contento de que me estuviera explicando el comentario que había hecho antes Aleks.
"La lucha de bienvenida es en la que te va bien, no terminas en la lona sin poder moverte y aguantas más de 5 minutos." Me explicó. "Incluso es posible que llegues a ganar alguna de las caídas. Pero no te hagas ilusiones de ganar tu lucha de bienvenida."
"¿Y la lucha de novatada?" pregunté.
"No te preocupes, no te voy a dar una lucha de novatada hoy," me dijo. Y añadió "al menos no estoy contando con eso."
Empezamos la lucha tomándonos ambos por los hombros. Yo lo tomé por la nuca tratando de mantener el control. El Turco bajó la cabeza y giró detrás de mí antes de que pudiera darme cuenta. Me tomo por la cintura y me sujetó contra él. Sentí cómo trató de levantarme, o tal vez estaba solamente midiendo cuanta fuerza necesitaba para hacerlo, porque la siguiente vez que intento, me levantó completamente del suelo y me derribó sobre mi cuerpo boca abajo. El movimiento me tomó por sorpresa, pero no me había lastimado mucho.
"Ese fue un derribe de bienvenida," me dijo el Turco. Y en seguida me levantó otra vez de la lona y me llevó hacia atrás arqueando su cuerpo y azotándome sobre mi espalda. Un poco me sacó el aire de los pulmones, y mis piernas quedaron a cada lado de mi cabeza. Esta vez fue el dolor lo que me tomó por sorpresa, que era justo lo que él quería. En seguida el Turco dio una vuelta hacia atrás y quedó sentado sobre mis piernas que casi tocaban el la lona. Intenté zafarme pero fue inútil. El dolor se alivió poco a poco mientras recuperaba el aire. El Turco se levantó con una sonrisa en la boca y me dejó recuperarme.
"Ése fue un derribe de novatada," dijo sonriendo.
Cuando por fin me levanté, el Turco ya me estaba esperando. Me tomó de un brazo y me
Roger Huerta (parecido con Vuser)
lanzó contra las cuerdas. Cuando el impulso me regresó hacia el centro del ring, el Turco me esperaba con el antebrazo en el pecho. Había visto ese movimiento muchas veces en la televisión, pero nunca había imaginado el efecto real. Caí sobre la lona y el Turco me tomó de ambos pies. Me aplicó un cangrejo girándome sobre mi abdomen y sentándose casi en mi espalda. Aplicó un poco más de fuerza y no tuve más opción que rendirme golpeando dos veces la lona con mi mano.
El Turco me soltó y me dio una palmada en la espalda. Ciertamente la caída había sido muy rápida, aunque según me dijo Aleks después, había habido peores principiantes que yo. Traté de recuperarme rápido y tomar la situación con ligereza. No quería hacer el ridículo, pero prefería no perder la paciencia. Me estiré otra vez, y sentí el dolor en los músculos que habían recibido castigo. El Turco me recordó que era la lucha de bienvenida, que no tenía nada de que avergonzarme. Me preguntó si estaba listo, y cuando contesté que sí comenzamos de nuevo.
Esta vez estuve más al pendiente de sus movimientos; no quería que me fuera a tomar por sorpresa de nuevo. Nos acercamos mutuamente y el Turco quiso sorprenderme tomándome del brazo, pero recordé algo que me había enseñado Aleks y lo estiré hacia mí dejándome caer y lanzándolo sobre mí hacia el otro lado. El Turco cayó azotando su cuerpo contra la lona. El sorprendido fue él en esta ocasión, pero de cierta manera pareció agradarle la sorpresa. Esperé a que se levantara y volví a atacar, pero el Turco ya me esperaba; me esquivó dejando que pasara y corrió hacia las cuerdas, yo lo seguí y lo recibí cayendo de espaldas cuando él brinco en la segunda cuerda y se lanzó contra mí. Con mis dos brazos lo hice girar para quitarlo de encima de mí y me levanté rápidamente. Alcancé a abrazarlo por detrás mientras se estaba levantando. Aproveché esto para cargarlo y apretar su torso en un abrazo de oso; una de mis fortalezas es la fuerza en mis brazos, y sé que hago mucho daño cuando estrujo debajo del pecho a alguien. Me dio gusto escuchar al Turco quejándose del castigo. Lo mantuve un momento y luego lo dejé caer al piso sobre su abdomen. En ese momento, no dudé en aplicar la única llave que había aprendido a hacer bien, la llave de a caballo. Me senté sobre su espalda, tome sus brazos y los coloqué sobre mis piernas y lo tome por la barbilla estirándolo hacia mí. En realidad no sabía cuánta fuerza aplicar, porque nunca lo había practicado esperando la rendición de alguien, entones apliqué un poco de fuerza y cuando sentí que el Turco hacia esfuerzos por zafarse, y lo estaba logrando, apliqué lo que yo creí que era un poco más de fuerza. Pero el Turco inmediatamente pidió la rendición, lo que me hizo pensar que fue más presión la que apliqué de la que esperaba.
Y así, la segunda caída la había ganado yo. En realidad no lo podía creer. Las dos caídas habían sido rápidas. No sabía que esperar en la tercera. Tal vez el Turco, sintiéndose un poco humillado, me daría una tercera caída de novatada. Pero él no era de esos vengativos o arrogantes; probablemente no haría nada fuera de lo normal, solo algunas llaves o movimientos con más intensidad.
"¿Listo para la última?" le pregunté, un poco orgulloso de haberlo vencido.
"No estás tan mal, al parecer," me dijo mientras se levantaba. "Ten cuidado, no vayas a creer que ya estás listo."
Al empezar la tercera caída yo quería ganar. Sería muy bueno tener eso como recuerdo. El Turco no me iba a dejar tan fácilmente, pero creí tener una muy buena oportunidad.
Me sentía muy confiado y hasta un poco emocionado. Entonces empecé con energía rodeando al Turco y rebotando contra las cuerdas. Después lo ataqué con el mismo amarre de la primera caída, lo tomé de la nuca pero no dejé que se escapara esta vez. Lo mantuve controlado y luego traté de desbalancearlo con una patada, pero no funcionó.
Yo buscaba que tuviéramos una lucha como en la tele, con una coreografía de saltos y giros. Pero no fue tan espectacular como esperaba. Más bien fue como esas luchas grecorromanas que ves en las olimpiadas y las competencias de universidades, pero con más golpes directos y llaves que sí asemejaban la lucha libre de la arena coliseo. Forcejeamos un poco y luego el Turco me derribó quedando sobre mí. Trató de aplicar una llave en mi brazo cruzando sus piernas, pero logré zafarme antes de que me prensara y tomé su pierna. Esta vez fue mi turno de aplicar un candado con sus dos piernas en forma de numero 4. Supe que le dolió (o por lo menos le causó molestias) porque soltó un pequeño grito y se esforzó en voltearse para agarrarme del cuello y jalarme hacia él. Al parecer sí le dolió mi castigo porque me jaló fuerte y sentí que me iba tronar el cuello. En ese momento lo tuve que soltar para poder liberarme.
Nos pusimos de pie los dos al mismo tiempo. Traté de correr hacia él para encontrarlo desprevenido, pero el Turco ya me esperaba con su antebrazo que me dio directo en el pecho. Sentí un fuerte dolor que me saco de balance y me caí a la lona. Giré para ponerme boca abajo y levantarme, pero cuando estuve en posición de gateo el Turco ya estaba encima de mí. Me tomó por la cintura y me lanzó hacia atrás como había hecho en la primera caída, pero esta vez, cuando estuve de espaldas con las piernas a cada lado de mi cabeza el Turco se sentó sobre mí y me fue imposible moverme. Unos segundos después el Turco se dio cuenta que no me iba a levantar.
“Aunque no lo creas, y a pesar de ese último derribe, esta lucha fue de bienvenida, Vuser,” me dijo el Turco mientras yo tenía su culo sobre mí humillantemente.
De repente me entró la desesperación por no poderme mover y a pesar de la posición incomoda en la que estaba, pude zafarme de su castigo impulsándome con la lona. El Turco salió disparado hacia adelante y perdió balance. Me puse de pie inmediatamente mientras mi contrincante estaba con una rodilla en el piso. Lo tacleé tirándolo al piso y quedó de espaldas en la lona y yo arriba de él. Por el impulso su pierna derecha se levantó un poco y me dio oportunidad de tomarla. Emocionado por la posición en que estábamos, conté hasta tres golpeando con mi brazo izquierdo la lona en cada conteo.
“Uno... Dos... ¡Tres!” grité.
Me levanté inmediatamente con los brazos arriba. “¡Wuuu!” grité de alegría. Volteé a ver a Aleks que estaba afuera del ring viendo la lucha. “Gané” le dije. Aleks estaba sonriendo.
Y entonces mis brazos bajaron por reacción cuando sentí un fuerte y agudo dolor en los huevos. Mi cuerpo se encogió sin que pudiera controlarlo. Me caí al suelo. El dolor entre mis piernas era intenso, y no me podía mover. Según me contó Aleks, el Turco había aprovechado mi distracción para aplicarme un puñetazo entre las piernas mientras se levantaba, y por lo que sentí y lo que vio Aleks el golpe fue con fuerza.
“Pensándolo bien, te merecías una lucha de novatada” me dijo el Turco mientras me forzaba a ponerme boca arriba con su pie en mi pecho. Se acercó hasta que quedamos cara a cara. Estaba sonriendo. “Pero bien luchado, cabrón.”
Me quedé un rato tirado, con las manos entre las piernas. El golpe fue uno de los más duros que me habían dado hasta entonces. Pero tengo que decir que pronto conocería otros peores. Sin embargo, sucedió que después de esa lucha el Turco y yo empezamos a entrenar juntos, y nos hicimos amigos. Y hasta ahora siempre recuerdo esa primera lucha, y ese último golpe de faul que recibí de un muy buen amigo.

Man of the North (part 2 of 3)

 (This story starts with "Man of the North (part 1 of 3)") That afternoon I went to see my uncle. I was surrounded right away ; I ...